Así vivimos en la selva ecuatoriana la presencia a nuestras espaldas del aliento y el rugir de lo que parecía ser un jaguar en nuestra nuca. Pero mirábamos hacia atrás y seguíamos sin ver ningún rastro de ser vivo. Jamás volveré a burlarme de ningún animal ni espíritu de la selva, porque la Amazonía tiene alma y tiene también su propio dueño.
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